Galería
Descripción
En escena, la máscara no representa a un personaje ni sustituye al cuerpo, sino que pone en juego el propio hecho de representar. En ella se acumulan formas de ser, identidades que han existido y que aún persisten, de modo que lo que somos aparece como algo más potente que una unidad: una construcción elaborada a lo largo del tiempo. Es una máscara robótica, pero la tecnología no se presenta aquí como confrontación ni como espejo. Es una extensión del espíritu humano, una parte inseparable, igual que lo son todas las capas de identidad que construyen un personaje y que permanecen en el cuerpo de quien lo ha interpretado. Como los recuerdos, por sí sola no es nada; es al acoplarse a la conciencia humana, individual o colectiva, cuando adquiere sentido.
La máscara se mueve, se abre y recoge gestos, y en ese movimiento no se impone, sino que acompaña, estableciendo una relación con el cuerpo desde la proximidad, el ajuste y una cierta fragilidad. No hay sustitución, hay continuidad. Lo artificial no se opone a lo natural, sino que se presenta como cultura, como una parte que le pertenece y que lo hace visible como algo ya mediado, ya construido. La identidad no se posee, se hace, y en escena vuelve a hacerse una y otra vez.